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El color de los vinos

abril 15, 2014 Saber No hay Comentarios

Julio Michaud. El color de un vino depende principalmente del color de las uvas que han sido empleadas en su elaboración. Decimos principalmente, porque en algunos casos participa también el color que toma de la madera de las barricas en donde ha sido sometido a crianza, o también de cierta oxidación. En términos generales y en función de su color, los vinos de mesa se pueden clasificar en tintos, blancos y rosados. En ocasiones se emplea también el término «clarete», para aquellos vinos cuyo color está entre el tinto y el rosado, aunque más cerca del tinto. De algún modo se podría decir que un clarete es un tinto pálido, o un rosado obscuro. El término «blanco» aplicado al vino, es estrictamente convencional, ya que un típico líquido blanco es la leche, mientras que el llamado vino blanco es en general amarillo paja, amarillo pálido, amarillo verdoso, amarillo limón, amarillo dorado y algunos tonos más subidos en vinos oxidados y otros obtenidos por vinificaciones especiales.

Arrancando el tema del color, desde las uvas, se habla también de uvas blancas y uvas tintas. Dentro de las tintas se establecen dos tipos: las que tienen color solamente en la piel, u hollejo, y las que tienen color tanto en la piel como en la pulpa. A estas últimas se les llama «tintoreras» o «tintóreas», por la gran cantidad de color que aportan al vino que de ellas se elabora.

Para hacer vino tinto se necesitan uvas tintas de cualquiera de los dos tipos, mientras que el vino blanco puede proceder tanto de uvas blancas como de tintas de las que tienen color solamente en los hollejos, siempre y cuando éstos sean retirados a tiempo después del pisado, antes de que el color pase al líquido. Algunos vinificadores emplean los términos franceses blanc de blancs para los vinos blancos hechos con uvas blancas, y blanc de noirs para los que provienen de tintas. Para los vinos rosados existen dos opciones: usar uvas tintas de poco color a las que podríamos llamar rosadas, o bien variedades tintas de pulpa blanca, separando los hollejos cuando han aportado ya la cantidad de color que se deseaba.

Con relación a la cata, en lo referente a la apreciación visual, los vinos tintos jóvenes son de color rojo vivo, y a medida que van madurando van tomando tonalidades naranja, o lo que comúnmente se dice color teja o aladrillados. Para poder apreciar estas tonalidades, es necesario imprimir un giro a la copa de vino para hacer que el líquido suba por las paredes, en una capa delgada y se pueda ver su color real. También a la vista, con algo de experiencia, se puede identificar la variedad de uva, ya que cada una tiene un tono particular. Esto resulta factible especialmente en los vinos llamados varietales, que están elaborados con una sola variedad de uva, ya que en los vinos hechos de más de una variedad llamados de mezcla o de coupage, palabra francesa que se ha hecho internacional en vinos, resulta más difícil porque los colores se mezclan y a veces sólo se puede reconocer la presencia de aquél varietal que está en mayor proporción. Salvo el gusto personal por una variedad determinada, los coupages son más ricos y complejos, porque las cualidades de las variedades se suman. A pesar de la moda de los varietales, los grandes vinos clásicos como los châteaux de Burdeos nunca mencionan las uvas en la etiqueta, sino que se deja la libertad al enólogo de establecer las proporciones que le parezcan mejores para lograr un equilibrio perfecto en el vino embotellado, tanto en gusto como en aromas, y también en color que es el tema de esta ocasión.