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El festín de Babette

enero 14, 2015 Historia del vino No hay Comentarios

Por Anabel García. Con éste título, lo más  probable es que muchos recuerden la excelente  película  danesa de  1987 ganadora a un óscar como mejor película extranjera.  La película está basada en un libro del mismo nombre de la escritora danesa Karen Blixen, quien utiliza el seudónimo de Isak Dinesen.  La vida de la propia Blixen,  se ha llevado al cine pues es autora también de la autobiográfica Memorias de África.

El festín de Babette es un libro pequeño y maravilloso, lleno de referencias evangélicas elegidas con fina sensibilidad.  Como siempre, invito al lector a que conozca el libro y vea la película,  haciendo su propio juicio.

En un aislado pueblo de pescadores de la costa noruega ( que en la película ubican en Dinamarca pero no cambia en nada la trama) la pequeña comunidad practica los estrictos principios religiosos protestantes que su pastor predicó durante años. Cuando muere, sus dos hijas continúan con su obra. Un día, una mujer francesa, Babette,  que huye de la guerra francoprusiana, encuentra refugio trabajando en el austero hogar de las buenas  hermanas. Después de catorce años, Babette gana un billete de lotería y decide agradecer su hospitalidad ofreciéndoles un banquete estilo francés en honor del difunto padre, en el aniversario de su muerte.

Las hermanas y su comunidad tienen miedo de la amenaza de  sensualidad  y los excesos de tal banquete, especialmente cuando ven la cantidad de botellas que Babette encargó a Francia para acompañar  la cena : amontillado, champagne, Clos de  Vougeot…

Babette dispone  con esmero la mesa rectangular, elegante y acogedora,  sin exageración. De igual manera, prepara  los alimentos con sumo cuidado y dedicación. Los sorpendidos invitados llegan a ese choque cultural acostumbrados a una vida severa y puritana.  Es conveniente anotar aquí que en ningún momento la cena  que prepara Babette  trata de impresionar a sus comensales, obedece más bien  al deseo natural del ser humano por compartir.  Aunque es delicioso y abundante, está lejos de ser un banquete excesivo  y libertino.

Los invitados, que estaban temerosos y llenos de prejuicios,  se van relajando al  probar esos manjares y esos vinos, pero no se trata de la desinhibición propia  del borracho, sino de una realidad más profunda. En ellos nacen y renacen distintas emociones. Disfrutan  de la amistad y ríen. De alguna manera, Blixen nos hace entender que se humanizan, o incluso que se «redimen», aceptando la totalidad de su condición humana, deleitándose con el festín.  Se trata de una cadena beatífica donde incluso se perdonan las ofensas antiguas. Los comensales empiezan a hablar de amor y evocar sentimientos nobles porque están más contentos.  Qué duda cabe que el buen vino y la buena mesa pueden acercar a las personas.

En la película lo percibimos todo de manera más visual pues  está llena de detalles.  Al final de la obra se habla más de la cocina  y la comida como arte.

Pero no se trata de una apología de la sensualidad. Tanto el libro como la película ponen  en su lugar las glorias de este mundo, pero insisten en la necesidad  y en la felicidad que nos da compartir con la gente  cercana  y a la que se ama. Ambas obras  hablan de la gracia y de la actitud necesaria para  aceptarla. En la suerte de compartir la mesa,   me aventuro a decir, se vive  como un ensayo del banquete celestial, donde, parafraseando a las buenas hermanas de la historia,  «se acercan las estrellas».