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Gutiérrez de la Vega: Deconstrucción del Mediterráneo

abril 9, 2015 Bodegas ejemplares, Especial No hay Comentarios

Gutiérrez de la Vega lleva más de treinta vendimias soñando sus vinos con sensibilidad, y acunándolos con música y literatura. Felipe Gutiérrez de la Vega es un raro espécimen de bodeguero y de enólogo, capaz de pasar de autodidacto a doctor, capaz de resucitar , con refinados métodos propios, el sabor auténtico de vinos olvidados o mixtificados,  como los históricos Fondillones alicantinos.

Sabemos que desde el Renacimiento hasta principios del siglo XX, el Fondillón de Alicante era una golosina que no podía faltar en las mesas principales, e incluso reales, de Europa. Cuando Luis XIV se encontraba débil, cuenta el Duque de Saint Simón, su biógrafo, que se alimentaba de bizcochos embebidos en Fondillón. Con tal clientela, ese rancio mediterráneo, criado en barricas con pez, fue durante muchos años uno de los vinos más caros del mundo y de los primeros en la exportación.

Felipe Gutiérrez lo probó de manos de su suegro, un periodista alicantino aficionado a ese sabor a lo largo de toda su vida y que, al final, solo lo encontraba en una bodega, también desaparecida a finales de los años 70. De aquella comunión, de aquel cáliz, recuerda la profunda sorpresa de un tinto dulce, nada licoroso pero denso, impenetrable y a la vez vivo y suave.

Los diferentes fondillones

Felipe viene estudiando las diferencias históricas documentadas entre los fondillones de la huerta y del interior, rancios, dulces e intensos los primeros, abocados y con menos color los segundos. Cuando empezó a elaborar el suyo, desde la vendimia de 1978, siguió la línea de los de huerta, más genuina y de mejor conservación, aunque con aportes propios que  han perfeccionado la elaboración hasta un grado excelso. Estrangulan los racimos en la cepa cuando llegan al grado de azúcar deseado, y allí quedan hasta que se pasifican en su punto. No asolean la uva, sino que  voltean los racimos para evitar hongos. Se empiezan a criar en barricas de 225 litros, a temperatura y humedad constante, pero luego se enrancian más rápidamente en barriles de 30 y 150, situados en la superficie, donde sufre las diferencias de clima, de día y noche y de estación. Así mantienen su color vivo y su carácter frutal en la nariz y en el paladar, aunque se trate de un  Fondillón de 15 años de guarda, como el Casta Diva.

Historia del futuro

Los vinos de Felipe Gutiérrez, los Casta Diva, los Rojo y Negro, los moscateles, los monastrell, saben a historia, a literatura, a música, a tradición, pero sobre todo, saben a vino, a uvas autóctonas, a gustos auténticos. Sus elaboraciones son comparables a las geniales deconstrucciones de Ferrán Adriá, a su revolución de las formas con el fin de atrapar la esencia, el profundo sabor genuino de una tortilla o de un tomate. Felipe logra destilar en sus pequeños depósitos de pulcro acero, o en los añosos toneles para maceración abierta, el extracto de tinta Monastrell o de la rubia Moscatel, la primera viña que, recién casado, en 1973, recuperó, mano a mano con Pilar, su esposa, en una finca familiar de Jávea.

La bodega actual está en un pueblito interior y alto, Parcent y ocupa un par de casas unidas de la calle principal, es un espacio para el disfrute. Arriba, la reproducción de una acogedora cocina de azulejos del siglo XVII, junto a una vanguardista y eficaz, para guisar y recibir, para asomarse al paisaje luminoso desde la terraza, para perderse en los recoletos patios mozárabes.

Abajo, sobre un suelo de barro cocido, bajo gráciles arcadas blancas, junto a la piedra pura del muro, duermen en paz las barricas acunadas con música, sobre todo con ópera, la misma que da nombre a sus etiquetas: Furtiva Lágrima, Casta Diva -en sus múltiples variantes: seco, fermentado en barrica, o dulce miel-, Cavatina. Y es que en esta casa el vino es cultura, es música, es sensibilidad y amor a la tierra, el mismo que revela su selecta producción de aceite artesanal.

Más de treinta vendimias, 14 vinos en su catálogo que viajan a los rincones más remotos y muchos reconocimientos y satisfacciones, como en 2006 cuando su vino Tanzer recibió el premio Príncipe de Salinas 2006, o como cuando la Casa Real les pidió el Casta Diva 2002 para brindar con broche de oro, oro dulce y pálido, a los postres de la boda del Príncipe Felipe.

Y si los blancos son los que encumbraron su fama, los tintos con referencias literarias, el Príncipe de Salinas, el Rojo y Negro, el Ulises suponen la revolución de la vieja garnacha, que allí llaman Giró, y de la profunda la Monastrell. Indefinibles, inenarrables. Una copa vale mil palabras.

Gutiérrez de la Vega

 

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