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Ribera del Duero, oro al rojo vivo

octubre 16, 2015 D.O., Sin categoría No hay Comentarios

Hoy como ayer, los vinos de la Ribera son fruto de la Reconquista. Ayer se remonta al siglo X, cuando la dura Castilla regada por el Duero se desertizó, reducida a escenario permanente de lucha entre musulmanes y cristianos, ha sembrado de lanzas y armaduras, a campo de batalla.

A lo largo de más de cien años los territorios que rodean los castillos fortalezas cambian sucesivamente de manos y no será hasta el S. XI cuando Alfonso VI estabilice la frontera en el Tajo y promueva la colonización del norte. Monjes y colonos se establecen en un territorio virgen y abonado con sangre, y los Cluniacenses introducen en torno a sus monasterios las cepas y la cultura del vino. Los cerros se excavan, y en la superficie las chimeneas y respiraderos van configurando una imagen mágica que anuncia, en las profundidades, cientos, miles de bodegas domésticas de las que salían claretes de Garnacha y Albillo más o menos frescos, más o menos rutinarios.

La segunda reconquista ha consistido en rescatar todo el poderío de la tierra y de la Tinta Fina, la variante de Tempranillo aclimatada a este suelo. El primero que gritó «tierra» en este descubrimiento fue Eloy Lecanda, en 1864, pero su labor ha sido tan solitaria como prestigiosa durante muchos años, desde el desembarco de su Vega Sicilia hasta el reciente boom de los años 70.

Desde entonces, el desarrollo ha sido fulgurante y la vid, las nuevas plantaciones y la recuperación de las antiguas, casi perdidas, van ganando terreno al sustento agrícola de la cuatro provincias en que se asienta la D.O.: Burgos, Valladolid, Soria y Segovia. A lo largo del río, tanto las márgenes arcillosas como las laderas calizas o de rojo ferruginoso, entre los 700 y 800 metros sobre el nivel del mar, sufren un clima extremado, con contrastes entre verano e invierno de 40 a -10º, y con grandes diferencias entre el día y la noche; y esas características del suelo y del clima son algo que la vid agradece y el vino refleja.

Estaba ahí, pero tan discreto o tan olvidado como ese mosaico romano que apareció en Baños de Valdearados durante la vendimia del 72. Una imagen báquica que ocupa 66 metros cuadrados, el mayor mosaico de la península, y posiblemente una prueba de los orígenes más remotos de la viticultura de la zona. Pero eso es historia, o leyenda. La realidad tiene fechas más recientes, cuando los críticos descubren para el público norteamericano la producción de Pesquera, concretamente su cosecha 82.

La misma fecha en que se inscribe el Consejo Regulador que desde dos años antes funcionaba con carácter provisional. No ha sido fácil engranar esa juventud, la regulación y el control, con la pujanza de bodegas con ideas propias, proyectos innovadores y sólidos resultados. Aún queda mucho por descubrir, por probar, pero sus vinos no se discuten