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Vino y moneda

noviembre 11, 2015 Saber, Saber de vino No hay Comentarios

Pocas dudas pueden existir sobre la importancia y el valor que la moneda ha tenido en el desarrollo de la humanidad. Es el signo objetivo máximo de las transacciones económicas y, por tanto, refleja el estado de desarrollo de una sociedad. Todo lo puede la moneda, y en torno a ella se mueve la vida; bien lo sabía el Quijote: «Y, finalmente, moneda general con que todas las cosas se compran, balanza y peso que iguala al pastor con el rey y al simple con el discreto». Y como no podía ser menos, es en Grecia donde cristaliza históricamente el uso de la moneda como emblema del poderío de las distintas ciudades, no sólo como valor de intercambio, sino también como medio de propaganda de la pujanza económica de las ciudades, a la vez que en ella se reflejaban los diversos aspectos de la vida (económico, político o religioso).

No debe extrañarnos, pues, que el vino ocupe un lugar destacado en la iconología numismática griega desde sus comienzos. Y el hecho de que el vino ocupe un lugar preponderante en las monedas denota la importancia que tenía, desde cualquier punto de vista, en la sociedad. Su aparición en las monedas señalaba el valor económico de su cultivo, además de publicitar el buen vino que producía una determinada ciudad. Porque a través de estas representaciones, además, sabemos los lugares donde existía una vinicultura e, incluso, el tipo de uva que se plantaba. En definitiva, la importancia del vino como recurso básico del sustento y pujanza de una ciudad. La acuñación de nuevas monedas se realizaba para conmemorar un nuevo gobierno, una victoria o cualquier celebración de importancia. Pero también hay razones artísticas que nos traen esa frescura primorosa del primer arte griego que incluye la habilidad artesanal de la acuñación.

Entre lo salvaje y lo civilizado
Esta moneda que reproducimos, acuñada en Macedonia en el 425 a.C. e impresionante ejemplo del buen hacer de los griegos, muestra a Dionisos, representante por antonomasia del vino, dios que se desliza entre lo salvaje y lo civilizado, «que lleva una melena larga y perfumada de bucles rubios, de rostro lascivo con la atractiva mirada de Afrodita en sus ojos», según Penteo. Un dios que tiene su asentamiento en los aspectos más materiales de la vida y que nos remite a los verdaderos comienzos de nuestra civilización, cuando la agricultura empieza a surgir en torno al 7.000 a.C. en el Cercano Oriente. Aquí aparece Dionisos recostado sobre un asno, alzando un kantharos; una representación que respira serenidad por todos sus poros, impregnada de un realismo aplastante y cuya realización técnica, en todos sus detalles, roza la perfección.

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